Esta es la calle por donde suele andar.
En esta esquina deja al pasar
Un ballet de hojas secas girando en el aire.
En esta otra suele doblar, bajo un techo de altos árboles.
En aquella se detiene y se arregla el cabello,
Mientras espera que cambie la luz.
Por estas veredas acostumbra caminar.
Esa baldosa no para de recordar que una vez,
Sintió el beso de la suela derecha de su sandalia.
Ahora, esa baldosa es única.
En esta tienda suele entrar,
Esta percha guarda el roce vago de sus manos,
También el cristal de la puerta de entrada,
Que odió para siempre, en rÃÂgida y silenciosa impotencia,
Cuando la chica de la limpieza le robó, a la mañana siguiente,
La impronta de sus dedos,
Con apenas dos movimientos de paño húmedo.
Ahora ese cristal, aunque desolado, también es único.
Por aquàpasó una vez, hundida en cavilaciones,
Ligeramente ataviada con unos ojos hermosos pero lejanos.
Se quedó un minuto y medio, tal vez dos, frente a esta vidriera.
No parecÃÂa mirar nada.
Hubiera apostado mi vida a que habÃÂa llorado.
Hubiera vendido mi corazón para comprar el boleto
Que me dejara echar un vistazo al contenido de sus pensamientos.
Por esta puerta pasó, como un relámpago azul vibrante,
Y detuvo el tiempo en medio de dos aleteos de colibrÃÂ.
Una luz la iluminaba toda como una supernova,
Y el halo tibio de su pasión resucitaba plantas moribundas a su paso.
Nunca vi tanta dicha junta desbordándose incontenible.
Nunca sentàtanto amor y tanta energÃÂa fluyendo de un solo espÃÂritu.
Aquàse sentó y me volvió de nuevo un niño.
Esta es la música que deletrearon sus dedos,
Y supe también cómo era tener quince mil millones de años.
Estas son las paredes que se empaparon con sus palabras.
Estos, los espejos que infructuosamente trataron de emular sus preciosos gestos.
Sus labios una vez estuvieron aquÃÂ, justo aquÃÂ.
Era una temprana mañana de invierno, lunes, creo.
La avenida estaba vacÃÂa y sus manos enguantadas,
Mientras la vida latÃÂa al son de los semáforos.
Sus brazos un dÃÂa me envolvieron asÃÂ.
Pero, quiero decir, ASI.
Y hubiera necesitado que el tiempo fuera un gigante dormido.
AllÃÂ, precisamente allÃÂ,
Conocàel color definitivo de los deseos,
Y cerré los ojos, y me fui,
Y ya nunca volvàa ser el mismo, sino mucho más, mucho más.
Esta alfombra la sostiene cuando abandona el lecho.
De este grifo sale el agua que moja su rostro adormecido.
Aquàsuele estar de pié, recargada sobre su hombro derecho,
Jugueteando con el cable espiral del teléfono mientras las ollas y las pavas
Desatan tormentas de vapor a su lado.
Asàvivió,
Como una alondra intrépida cruzando un océano.
Asàabrazó la vida como nadie, o como muy pocos.
Asàofreció su corazón sin guardarse nada,
Sin exigir siquiera un pétalo a cambio.
Asàla amé y la seguiré amando, después de todos estos años,
Como la primera vez que dijimos “Hola�.
En este pequeño cofre están sus sueños.
Esta es su foto, solo un atisbo de su infinita belleza.
Y estas son sus cenizas...
( Eh... me refiero a las de su cigarrillo...)